Sonorama Ribera 2026: cuatro días para convertir Aranda de Duero en una canción
Sonorama Ribera volvió a demostrar en su vigésimo novena edición que su verdadera dimensión no se encuentra únicamente en los grandes escenarios de El Picón. Está en la mezcla: en una plaza del centro abarrotada a mediodía, bandas que llevan décadas de carrera compartiendo cartel con un proyecto que apenas empieza, en las charangas, en las bodegas, en los disfraces y, sobre todo, en esa sensación de que durante unos días Aranda de Duero deja de ser una ciudad para convertirse en un enorme escenario.
Entre el miércoles 5 y el sábado 8 de agosto, el festival volvió a reunir a decenas de miles de personas. Cuatro jornadas que tuvieron personalidades muy diferentes y que dejaron algunos de los momentos más recordados de esta edición.
MIÉRCOLES 5: LA VUELTA A CASA EMPIEZA CON CANCIONES
La primera jornada arrancó con esa mezcla de reencuentro y expectación que acompaña siempre al primer día de Sonorama. Alrededor de 40.000 personas pasaron por El Picón en una noche en la que el festival recuperó inmediatamente su pulso.
En el escenario Aranda de Duero, Nat Simons fue la encargada de abrir la programación a las 19:00. Su presencia sirvió para poner en marcha una jornada que rápidamente fue aumentando de intensidad. Apenas hora y cuarenta minutos después llegaría uno de los regresos más cargados de nostalgia: La Cabra Mecánica.
El grupo de Lichis volvió a Sonorama con un repertorio capaz de conectar generaciones. Canciones como No me llames iluso y La lista de la compra recuperaron inmediatamente el espíritu de una banda que forma parte de la memoria sentimental de la música popular española. Fue uno de esos conciertos que recuerdan que Sonorama también sabe mirar hacia atrás sin quedarse anclado en el pasado.
Después llegó León Benavente, y con ellos cambió completamente la temperatura. El suyo fue uno de los directos más contundentes de la jornada, con Abraham Boba especialmente conectado con las primeras filas. Ser Brigada, Ánimo, valiente, A la moda o Baile existencialista sirvieron para construir un concierto de guitarras, sintetizadores y tensión creciente. La banda volvió a demostrar por qué su directo sigue siendo uno de los grandes valores seguros del circuito nacional.
Pero si hubo un momento capaz de resumir el miércoles fue el de Iván Ferreiro. El gallego salió al escenario Ribera del Duero a las 23:20 y se encontró con un público dispuesto a cantar prácticamente cada palabra. Cuando sonaron Turnedo y El equilibrio es imposible, Ferreiro dejó el micrófono en manos de las 40.000 voces que tenía delante. Durante varios minutos, la sensación fue más propia de un teatro íntimo que de un macrofestival.
La noche todavía tenía mucho recorrido. La Pegatina convirtió El Picón en una fiesta colectiva y, ya de madrugada, Crystal Fighters puso el broche electrónico y bailable a la primera jornada. El miércoles había dejado claro que Sonorama volvía a funcionar a pleno rendimiento.
JUEVES 6: LA CIUDAD DESPIERTA Y SONORAMA SE HACE DE ARANDA
El jueves fue el día en que Sonorama recuperó una de sus grandes señas de identidad: la conquista musical de las calles de Aranda. La Plaza del Trigo, la Plaza de la Sal y el resto de escenarios urbanos comenzaron a funcionar desde el mediodía, haciendo que el festival dejara de estar concentrado en El Picón.
En la Plaza del Trigo, Sobrezero, Las Petunias y Calequi y Las Panteras fueron preparando el terreno para uno de los rituales más esperados: el concierto sorpresa de las 15:00. Y esta vez el secreto tenía acento arandino.
Barry B apareció ante sus paisanos y convirtió la plaza en una celebración de identidad local. Gabriel Barriuso comenzó con Joga Bonito y fue encadenando canciones como Tussi, Vis a vis o Silverado. La aparición de Gara Durán para interpretar Una casa en el Teide añadió uno de los momentos más emotivos de la jornada. La imagen final, con una enorme bandera de Aranda cubriendo las primeras filas, resumió perfectamente la relación entre Sonorama y la ciudad.
Por la noche, el festival volvió al recinto y ofreció una de esas combinaciones generacionales que tan bien funcionan en Aranda.
Nacho Vegas abrió el bloque principal del escenario Ribera del Duero a las 19:50. Su presencia aportó la vertiente más literaria, oscura e introspectiva de la jornada y sirvió de contrapunto a lo que vendría después.
Poco después apareció Ramoncín. El madrileño salió dispuesto a reivindicar que el rock es una forma de unir generaciones. El contraste con los artistas más jóvenes del cartel fue precisamente uno de los grandes atractivos del concierto: Ramoncín compartía noche con músicos de generaciones muy posteriores, pero su concierto demostró de la vigencia de su música y sus letras, mostrando una energía y una voz inalteradas. Ramoncin es un brillante espejo para muchos de los que vienen ahora, un espejo de lealtad a una idea musical y vital.
Veintiuno, a las 21:30, puso el acento en el pop-rock contemporáneo antes de que llegara uno de los conciertos más esperados de toda la edición.
A las 22:25, Rigoberta Bandini tomó el escenario Aranda de Duero ante uno de los públicos más numerosos de la jornada. El concierto tuvo un importante componente coral gracias al grupo de mujeres que la acompañó y terminó con Ay mamá, convertida ya en uno de los himnos indiscutibles de su trayectoria.
La noche todavía continuaría con Guitarricadelafuente, Rusowsky, RVFV y una larga lista de propuestas en los escenarios secundarios. Pero el jueves había dejado una de las fotografías más reconocibles de Sonorama: una plaza llena durante el día y un recinto lleno por la noche.
VIERNES 7: LA EMOCIÓN DE LOVE OF LESBIAN Y LA FURIA DE SEXY ZEBRAS
El viernes fue probablemente la jornada más equilibrada entre tradición, presente y futuro. Carlos Ares confirmó el excelente momento que atraviesa, mientras Ángel Stanich, Coti, Soleá Morente, Depresión Sonora o Samuraï fueron aportando distintas tonalidades a una programación especialmente diversa.
Pero el viernes tenía un nombre marcado en rojo: Love of Lesbian.
A las 22:00, la banda catalana se encontró con un público que sabía que aquel concierto tenía algo diferente. En febrero, Love of Lesbian había anunciado una pausa indefinida cuando terminase su calendario de 2026, después de 25 años de actividad prácticamente ininterrumpida. Por eso su paso por Sonorama tuvo inevitablemente un componente de despedida, aunque no fuera un adiós definitivo.
El concierto se convirtió en una celebración colectiva de su trayectoria. Las canciones fueron coreadas de principio a fin y el ambiente tuvo esa mezcla de alegría y melancolía que acompaña a las ocasiones que sabemos que quizá no volverán a repetirse durante un tiempo. Sonorama, que tantas veces ha acompañado la evolución de Love of Lesbian, se convirtió así en un lugar especialmente apropiado para ese capítulo de su historia.
Después llegó Sexy Zebras. Si Love of Lesbian representaba la memoria y la emoción, los madrileños representaron exactamente lo contrario: presente, sudor, guitarras y un directo que convirtió el recinto en un enorme corro. Su actuación, programada a las 23:30, fue una de las más físicas de la noche.
Y entonces llegó Niña Polaca, a las 00:45. La banda madrileña puso sobre el escenario su mezcla de rock alternativo, melodías pop y letras generacionales, manteniendo la energía de una noche que todavía tendría muchas horas por delante. El relevo posterior de Samuraï y Ladilla Rusa confirmó la capacidad del festival para saltar de un registro a otro sin perder intensidad.
Pero el viernes también tuvo su gran secreto: Arde Bogotá en la Plaza del Trigo. El rumor recorrió Aranda durante toda la mañana y acabó provocando un lleno de más de 7.000 personas, con cortes en los accesos. Los cartageneros, que habían sido cabeza de cartel el año anterior, regresaron al lugar donde habían construido parte de su historia en Sonorama.
SÁBADO 8: LEIVA, LA M.O.D.A. Y UNA NOCHE PARA RECORDAR
El sábado llegó con la sensación de que Sonorama estaba entrando en su tramo definitivo. En el recinto, la programación concentraba algunos de los nombres más esperados de toda la edición: Valeria Castro, La M.O.D.A., Leiva, Xoel López y Ojete Calor.
La tarde arrancó con Valeria Castro, a las 19:45. Su propuesta aportó uno de los momentos más delicados y emocionales de la jornada, demostrando que un festival de gran formato también puede reservar espacio para la intimidad y la canción de autor. Su actuación fue una de las destacadas por la organización en el balance final del sábado.
En paralelo, Kitai llevó al escenario Indexa la energía que le ha caracterizado durante su trayectoria. Su concierto, programado a las 20:40, representó también esa apuesta de Sonorama por combinar nombres consolidados con bandas capaces de convertir un escenario secundario en uno de los lugares más intensos de la noche.
A las 21:35 llegó uno de los conciertos sentimentalmente más importantes del festival: La M.O.D.A.. Para los burgaleses, Sonorama no es un festival cualquiera. La banda recordó que su primera actuación allí fue en 2011, ante apenas unas 30 personas, y que desde entonces ha ido pasando por los distintos escenarios hasta convertirse en uno de los grandes nombres del cartel.
La evolución de La M.O.D.A. resume en buena medida la evolución del propio Sonorama: empezar abajo, crecer junto al festival y terminar encabezando una de sus noches principales. Su concierto fue una celebración compartida con un público que conoce la historia de la banda y que la ha visto crecer prácticamente desde el principio. Además, las integrantes de Repion se sumaron como invitadas, reforzando todavía más el carácter colectivo de la actuación.
Y después llegó Leiva.
A las 23:00, el madrileño aterrizó en El Picón con el Tour Gigante Fin de Gira en formato íntegro. El concierto fue uno de los grandes acontecimientos de esta edición, tanto por la dimensión del espectáculo como por la relación histórica del músico con Sonorama.
Pero hubo un momento que hizo que el concierto trascendiera el repertorio. Leiva rindió homenaje a Robe Iniesta, fallecido en diciembre de 2025. En un instante especialmente íntimo dentro de un espectáculo multitudinario, el artista madrileño se quedó con su guitarra para interpretar El hombre pájaro. El silencio del público antes de la canción y la ovación posterior convirtieron ese momento en uno de los grandes recuerdos de Sonorama 2026.
Después, Xoel López regresó a un festival que ya considera su casa y volvió a conectar con un público que conoce perfectamente su repertorio. La noche todavía tuvo tiempo para que Ojete Calor transformase El Picón en una fiesta, con Blanca Suárez como invitada sorpresa para interpretar Mocatriz.
Y como si el sábado necesitara una última vuelta de tuerca, la Plaza del Trigo volvió a reclamar protagonismo: Sexy Zebras apareció allí como concierto sorpresa, después de su actuación de la noche anterior. Fue un doblete que convirtió al grupo en uno de los grandes protagonistas de las últimas horas del festival. Pero el valor de la plaza no está únicamente en esos cuatro nombres. Durante las jornadas urbanas pasaron también por ella proyectos como Sobrezero, Las Petunias, Calequi y Las Panteras, La Milagrosa, Fontán, Éxtasis, El Verbo Odiado, Modelo y Oslo Ovnies. El escenario continúa funcionando como escaparate para artistas que aspiran a ocupar algún día los escenarios grandes.
Y ahí está probablemente la gran lección de Sonorama 2026: el festival no se explica solo por Leiva, Iván Ferreiro, Rigoberta Bandini, Love of Lesbian o La M.O.D.A. Se explica también por la posibilidad de que una banda emergente toque ante cientos de personas por la mañana y, años después, termine encabezando el cartel.