Hay artistas que llenan un escenario. Rodrigo Cuevas hace algo más difícil, transforma el lugar que pisa. La noche del 24 de junio, en la primera jornada de La Carbonería del Galván, el anfiteatro del Parque Enrique Tierno Galván dejó de ser un recinto de conciertos para convertirse en una plaza de pueblo, un cabaré rural, una verbena futurista y un santuario pagano donde la belleza no respondía a cánones, sino a una forma de mirar el mundo. El concierto formaba parte de la gira La Belleza, con la que presenta su nuevo trabajo, Manual de Belleza.
Todavía no había terminado de caer el sol cuando el parque comenzó a llenarse el recinto a ritmo de música astur y cervezas frías. Había parejas jóvenes y jubilados, familias enteras, habituales del circuito independiente, amantes del folclore, curiosos que llegaban por primera vez y seguidores que conocían de memoria cada gesto del artista asturiano. Pocas veces un público resulta tan heterogéneo y, al mismo tiempo, tan dispuesto a compartir una misma ceremonia.
Cuando las luces descendieron, no apareció una estrella del pop. Entró un narrador, un juglar del siglo XXI, alguien que parece haber entendido antes que nadie que la tradición no consiste en repetir el pasado, sino en impedir que se marchite. Rodrigo Cuevas pisa el escenario con la autoridad de quien no necesita imponerse. Le basta con sonreír, lanzar una mirada cómplice al público y comenzar a cantar para que todo lo demás deje de importar.
Hay algo profundamente desconcertante en su propuesta. Uno entra esperando un concierto y termina asistiendo a una representación teatral, una sesión de folclore, un espectáculo de transformismo, una conferencia sentimental sobre el deseo y una fiesta popular. Todo ocurre a la vez. Nada sobra.
Su voz sigue siendo el centro de gravedad de ese universo. Es una voz capaz de acariciar una tonada tradicional con la delicadeza de quien sostiene un objeto antiguo entre las manos y, unos segundos después, atravesar una base electrónica con una potencia casi animal. Nunca parece un ejercicio de fusión calculada. Todo fluye con una naturalidad sorprendente, como si Asturias, el cabaré berlinés, la copla, el techno y la música de raíz hubieran estado destinados a encontrarse desde siempre.
La gira La Belleza parece construida precisamente sobre esa idea, descubrir que la belleza no vive únicamente en lo perfecto, sino también en lo raro, en lo mestizo, en aquello que durante demasiado tiempo permaneció escondido. Entre canción y canción, Cuevas habla. Pero no rellena silencios. Los convierte en parte del espectáculo. Sus intervenciones mezclan humor, memoria, picardía y una inteligencia poco frecuente para detectar el ritmo de la conversación colectiva. Tiene la capacidad de decir algo aparentemente ligero que termina resonando como una declaración política. Y lo hace sin solemnidad, sin convertir el escenario en una tribuna. Habla como quien comparte mesa después de una comida larga.
Quizá ahí reside una de las claves de su éxito. Nunca parece estar aleccionando al público. Invita. Sugiere. Juega. Se ríe de sí mismo antes de que nadie pueda hacerlo. Desarma cualquier prejuicio con una carcajada y, cuando el espectador baja la guardia, aparece la emoción.
La Carbonería del Galván, con el cielo abierto sobre el anfiteatro y la vegetación abrazando el recinto, parecía el lugar perfecto para esa liturgia contemporánea. La ciudad permanecía a unos pocos metros, pero durante un par de horas dejó de existir. Madrid desapareció bajo una especie de hechizo rural donde convivían las romerías, las verbenas y las fiestas patronales sin que ninguna de ellas necesitara pedir permiso a la otra.
Las canciones fueron construyendo un relato más que una simple sucesión de temas. Cada una parecía responder a la anterior, ampliando un discurso sobre la identidad, el deseo, el territorio y la celebración de las diferencias. El repertorio avanzaba sin prisas, dejando respirar los momentos íntimos antes de desembocar en explosiones festivas que acababan poniendo en pie incluso a quienes habían llegado con la intención de permanecer sentados. No entraremos en el set list, despiezando una a una las canciones y como se armó el concierto, pero solo quiero permitirme la licencia de mencionar una. Rambal es un momento de magia, de introspección, de bajar las pulsaciones, de pensar, de mirar y de ser conscientes de la suerte que tenemos. Si, hay mucho más camino por recorrer, pero como el propio Rodrigo comento –“Hay que hacer mucho la mamarracha por todos aquellos no pudieron hacerlo en su momento y por los no pueden hacerlo a día de hoy”.
Hay algo contagioso en Rodrigo Cuevas, no solo invita a bailar, invita a despojarse de cierta rigidez con la que habitamos los conciertos. Poco a poco desaparece esa frontera invisible entre escenario y público. La gente canta, responde, ríe, improvisa palmas. Ya no hay espectadores. Hay participantes.
Resulta inevitable pensar que Cuevas ha conseguido algo que muy pocos artistas contemporáneos logran, convertir la recuperación del patrimonio cultural en un acto radicalmente moderno. Mientras otros entienden el folclore como una reliquia, él lo trata como una materia viva, flexible, dispuesta a mezclarse con cualquier lenguaje sin perder su esencia. En sus manos, una tonada centenaria no suena antigua. Suena urgente.
También su presencia escénica escapa de cualquier definición sencilla. Es exuberante sin resultar excesiva, provocadora sin caer en la provocación gratuita, sofisticada sin perder cercanía. Cada detalle del vestuario, cada movimiento y cada silencio parecen formar parte de una dramaturgia cuidadosamente diseñada para que el artificio acabe revelando una verdad profundamente humana.
Hubo momentos de celebración desbordante, casi carnavalesca, y otros en los que bastó un foco, una melodía desnuda y esa voz llena de matices para que el anfiteatro entero guardara un silencio reverencial. Ese equilibrio entre la fiesta y la intimidad es, probablemente, el rasgo más difícil de explicar a quien nunca ha visto a Rodrigo Cuevas en directo. Es un artista capaz de llevar al público del baile a la emoción sin que nadie perciba el momento exacto en que se produce el cambio.
Cuando el concierto se acercaba a su final, la sensación era extraña. No parecía que hubiera terminado una actuación, sino una reunión de viejos conocidos. Los aplausos se prolongaban porque nadie tenía demasiada prisa por regresar a la normalidad. Durante algo más de dos horas, el artista había conseguido suspender las reglas habituales del tiempo y construir una pequeña comunidad alrededor de una idea sencilla y, sin embargo, revolucionaria: la belleza pertenece a quien se atreve a vivirla sin pedir disculpas.
Al abandonar el Parque Enrique Tierno Galván, el murmullo de la ciudad fue recuperando poco a poco su volumen habitual. Sin embargo, muchos caminaban con la impresión de haber atravesado un territorio distinto, uno donde las raíces no pesan, sino que empujan; donde la tradición no limita, sino que libera; donde la extravagancia es una forma de sinceridad y donde la música sigue siendo capaz de reunir a desconocidos para recordarles que la alegría también puede ser una forma de resistencia.
Eso, al fin y al cabo, es lo que consigue Rodrigo Cuevas cuando sube a un escenario. No ofrece un concierto. Levanta un lugar donde, durante unas horas, el mundo parece un poco más libre, un poco más hermoso y bastante más habitable.