La emoción es un sentimiento que no se compra, se vive ó no. La emoción es al algo que la piel te marca y te dicta, pues eso es Shinova, pura emoción. Hay bandas que llenan salas y otras que llenan pabellones, porque ahora se mide todo, sin tener muy claro que eso sea algo realmente importante. Shinova ya no solo llena recintos, llena canciones de vida y las devuelve amplificadas, sudadas y coreadas hasta la última sílaba. Lo vivido anoche fue una de esas noches que confirman que el rock estatal sigue muy vivo… y con nombre propio.
Llegar y llenar el Palacio de los Deportes no es un camino sencillo. Son muchos kilómetros a las espaldas, muchos bolos, muchas alegrías, algún traspiés, alguna decepción y mucho curro de banda y equipo. Dar el salto al gran recinto de Madrid, es uno de esos hitos que marcan un punto de inflexión en la carrera de cualquier banda.
Las luces se apagan, el murmullo se convierte en rugido, cuenta atrás y, sin rodeos, el grupo irrumpe con una descarga directa al pecho. Desde el primer acorde queda claro que esto no va de nostalgia, sino de presente sólido y futuro asegurado. Gabriel de la Rosa se adueña del escenario con esa mezcla de cercanía y épica que ya es marca de la casa, mientras las guitarras de Dani del Valle y Erlantz Prieto muerden cada canción con precisión quirúrgica.
El concierto avanza como un viaje emocional perfectamente medido: momentos para saltar, para gritar y también para parar el tiempo. Shinova suena grande, compacto, con un sonido que demuestra por qué están donde están. No hay artificio, hay canciones, y eso en 2025 sigue siendo lo más revolucionario que puede ofrecer una banda de rock.
El escenario era espectacular, con una gran pantalla trasera y tres más pequeñas en cada lado (además de las 2 laterales grandes del recinto). Un juego de luces limpio, ajustado en cada momento y una buena cantidad de efectos de artificio como cañones de fuego, cañones de humo, confeti y globos, dieron color al concierto y lo elevaron a nuevo nivel dentro de la evolución de la banda.
El público responde a cada tema como si fuera un himno generacional. Da igual si vienen de los primeros discos o de su etapa más reciente: todas encuentran su sitio en un setlist pensado para tocar la fibra y reventar gargantas. Entre canción y canción, pocas palabras y mucha verdad. Porque cuando las canciones hablan por ti, sobra el discurso.
El capítulo de las colaboraciones fue de una factura mayúscula en el show y no quedaron como un pegote de relleno a peso. Las colaboraciones de Gisme (Ultraligera), Rozalen, Manuel Colmenero (Productor), Tanxungueiras y Shuarma (Elefantes) quedaron realmente bonitas, tanto en el tema que tocaron de Shinova, como el pequeño fragmento de canción del propio invitado.
El tramo final es una comunión total. Nadie quiere que termine, pero cuando lo hace, queda esa sensación de haber asistido a algo importante. Shinova no solo dio un concierto: reafirmó su lugar en la primera línea del rock en castellano.
No fuimos los primeros en creer en Shinova, sería muy pretencioso y falso afirmarlo, pero si podemos decir que fuimos de los primeros en hacerlo. Fuimos de los primeros en ver que esta banda tenía algo muy bonito dentro y que eran especiales. Nos ha hecho muy felices verlos crecer y llegar a este merecidísimo punto en su carrera. Es realmente bonito ver una banda en sus inicios, que te inviten a entrevistarlos o a sus conciertos, sin saber quienes son y sentir esa punzada dentro. Esto lo hemos vivido desde el inicio con Shinova, Izal o Arde Bogotá y da mucho gusto ver lo grandes que se han vuelto, mientras tu sigues siendo igual de pequeño que siempre. Eso me demuestra que estamos acertados en la idea, hablamos solo lo que nos gusta y en lo creemos, de música y de músicos que nos tocan, independientemente que tengan mil reproducciones o un millón.
Gracias Shinova por todo este tiempo de felicidad y el que nos espera!!!!