BUNBURY
Cierre Mayúsculo en Zaragoza

BUNBURY Cierre Mayúsculo en Zaragoza

Era 20 de septiembre de 2025 y Zaragoza sabía que algo gordo venía. El Príncipe Felipe estaba al borde del grito y la gente muy emocionada antes de que sonara la primera nota. Porque cuando alguien como Enrique Bunbury sale con El Huracán Ambulante, uno no espera solo música: espera un abrazo, un viaje, algo de nostalgia y algo de vértigo.

 

La llegada: tensión, suspiros, reverberaciones

El ambiente en los alrededores del recinto olía a expectación. Camisetas negras, abrazos nerviosos, fotos de un instante que inmortalizar. Al cruzar las puertas, el murmullo se transformaba en estruendo, como si el recinto exhalara con el calor de decenas de historias personales componiendo una sola: la de Bunbury en directo.

Luces bajas y estruendo. Y entonces, ese primer acorde, profundo, reverberante: “Otto e Mezzo”. Ya todo cambia: la tensión se rompe, los cuerpos se alinean con el ritmo, las luces dibujan siluetas que parecen pinturas expresionistas, los primeros rostros iluminados por flashes. Inicio al ritual.

 

El espectáculo en escena: teatralidad, presencia, comunión

Bunbury no vino a cumplir, vino a arrasar. Entra al escenario con un traje naranja metálico que brilla con esos focos que cortan la penumbra, con una cruz bordada en la espalda como gesto, como signo. El Huracán Ambulante suena como un huracán: guitarras que rugen, teclados que susurran, batería que golpea el pecho. Jordi Mena cubre con solvencia la ausencia de Rafa Domínguez, manteniendo la épica sonora intacta.

La escenografía trae ecos de los viejos shows de Bunbury: telones rojos que se abren como cortinas de cine antiguo, proyecciones que cuentan algo más que imágenes: proyectan memorias, deseos, fantasmas. Luces que suben, bajan, se quiebran. Aunque no sea real, parece que un humo onírico que envuelve al artista, acercándolo al status de mito durante canciones clásicas como El club de los imposibles.

 

Setlist: nostalgias y apuestas recientes

No faltaron rescates de discos que definieron épocas doradas. Se escucharon Pequeño o Que tengas suertecita,himnos que siguen sonando frescos, casi como si hubieran sido compuestos ayer. Versiones poderosas de Sólo si me perdonas, El extranjero, Lady Blue o Sí. Big Bang, fur sorpresa para los más fieles, que arrancó gritos en el patio de butacas (aunque no las hubiera).

Entre canción y canción, Bunbury interpone los temas de Cuentas pendientes con respeto, con arrojo. Las chingadas ganas de llorar o Serpiente piezas nuevas que flotan en el aire como promesa, demostrando que no vive solo de lo que fue, sino de lo que aún es capaz de crear.

Cuando el público canta Sólo si me perdonas al unísono, se siente un estremecer colectivo. La potencia en las canciones más roqueras, adornadas con los riffs, los solos y los coros. Electricidad que hace vibrar el suelo, que te hace vibrar por dentro.

 

Cierre, despedida, eco

El concierto llegó a su pico con un bis excitante. Bunbury se despide dejándonos con ganas de más. La última canción retumba, los aplausos estallan, el público se niega a soltar la emoción. Y al final … nos vuelve a poner la sangre hirviendo. Sabemos que, durante dos horas al menos, hemos sido felices otra vez. Ahí afuera, ya en la calle, quedan los ecos en la voz, en la piel, en el pecho: “¿Cuándo vuelve?”, murmura alguien. Porque una noche así no se olvida.

 

Epílogo 

En resumen, la gira de Bunbury con el Huracán Ambulante en Zaragoza (también lo vivimos en Madrid) no fue solo un concierto, fue un pacto. Bunbury nos recordó de qué están hechos los sueños: de canciones que resisten el tiempo, de voces que se rasgan, de historias que se cantan juntos. Fue una velada para saborear lo viejo, aplaudir lo nuevo, para sentir que el aragonés errante pertenece a quienes aman la música con todo lo que implica

Autor: Víctor López
Lugar: Madrid
21 de septiembre de 2025