VETUSTA MORLA
y el arte de lo sencillo

VETUSTA MORLA y el arte de lo sencillo

Hay cosas que son inclasificables en su propia esencia. Más allá de poder decir que son obras maestras, nadie puede clasificar o encasillarEl Guernica de Picasso, Apocalypse Now de Coppola o La Sagrada Familia de Gaudí, pues eso exactamente pasa con VETUSTA MORLA y su concierto del pasado viernes en el Wanda Metropolitano. Sencillamente se puede decir que es una obra maestra.

Y como toda obra maestra, no está exenta de la discusión debido a los gustos personales de cada individuo. Y de eso, tampoco se libró el show del viernes. Quien fue al concierto buscando al Vetusta de los festivales, en un concierto sin tregua, quizás no encajaría muy bien ciertas partes del concierto. Aquel que fue al concierto a disfrutar de dos horas y media de conjunción de ideas, mensajes, diferentes registros sonoros y múltiples experiencias visuales, seguramente saldría encantado de lo que vivió.

Empecemos por lo tangible. A día de hoy, pocos artistas/grupos nacionales se atreven a tocar en un estadio de futbol. Creo queAlejandro Sanz, Fito, Manu Carrasco y Vetusta Morla son los únicos elegidos que últimamente se han atrevido a intentarlo. Fueron 35.000 almas las que llenaron, en gran medida el Wanda metropolitano. Es verdad que no se llenó del todo el estadio y es verdad que no llegaron al hito de las 38.000 que metieron en La Caja Mágica, pero, aun así, es una verdadera locura en los tiempos que corren convocar en una sola actuación a tal cantidad de público.

Ahora vayamos a lo menos tangible, vayamos a la piel, a las sensaciones y al mundo de las emociones. Se entienda o no, guste o no, lo que planteó Vetusta Morla en este concierto fue un mirar hacia adelante sin olvidarnos nunca de la esencia, del origen, de los ancestros y de lo ancestral, que son el germen del presente. Es tan sencillo como entender que los grandes conciertos que juntan a 35.000 personas en un estadio de futbol, nacieron de las canciones de labranza de 4 o 6 aldeanos, de las canciones de taberna con unos paisanos sentados alrededor de una mesa y una frasca de vino. Que las guitarras Fender, los amplis Marshall y los sintetizadores vienen de golpes acompasados en una mesa, de panderos de piel de cabra o de latas metálicas del fondo de la alacena. Ese es el verdadero cable a tierra, el mensaje de una banda que fue más allá de tocar los temas de su repertorio en un set list organizado.

Serían las 22.00 cuando las luces del Wanda se apagaron y comenzó el show. Cinco pantallas verticales colocadas en dos hileras paralelas de 2 + 3 pantallas ocupaban todo el escenario. Además, había dos pantallas laterales, un gran pantalla posterior y varias en la parte superior del escenario. Había varias torres de focos laterales y todos los ubicados en la parte alta y posterior del escenario. El despliegue visual pensado para la noche era brutal. El escenario tenía dos pasarelas laterales, las cuales Pucho utilizo varias veces durante el show para moverse por ellas, que cubrían casi el ancho de lo que sería el terreno de juego del estadio atlético.

Desde este momento hasta que acabó el concierto, tuve la misma sensación a cada segundo. No podía dejar de mirar el escenario de manera hipnótica porque algo iba a ocurrir. No me desenganché ni por un segundo de lo que pasaba encima de las tablas. No tuve la habitual sensación en muchos concierto de canciones de relleno o de momento ideal para ir a la barra a pedir una cerveza.

Se sucedían los momentos encima del escenario, desde temas en solitario de la banda como Golpe Maestro, Corazón de Lava, Copenhague, Consejo de Sabios o Sálvese Quien Pueda a temas acompañados por la denominada Orquesta Cable a Tierra, que estaba compuesta por miembros del grupo tradicional palentino El Naán y las pandereteiras coruñesas de Aliboira. Cuando los 12 músicos se juntaban encima del escenario llegaba una especie de momento místico, de llamada a lo interno, de penetración en el terruño, de baile sagrado invocando a los más altos valores humanos. Temas (y algún baile) como Maldita Dulzura, El imperio del Sol, Finisterre, Valiente o Saharebbey Road compartieron sobre el escenario a una misma voz y sentimiento los 12 músicos. Tampoco quiero olvidar la colaboración del rapero argentino Wos que tuvo la misma sensación que el resto del show. Todos estaban allí por algo y que todos formaban parte de ese uno que era el concierto. No como en otras colaboraciones conciertiles que los invitados parece que están allí por casualidad.

No vamos a dejar de comentar el inoportuno apagón sonoro que ocurrió en El Hombre del saco, 4 tema de la noche. No sabemos cuánto pudo influir esto en el devenir del concierto, cuanto pudo cortar el ritmo a los de Tres Cantos que habían salido enchufadisimos al concierto o si volvieron a sentirse igual de bien encima del escenario. Nosotros, más allá del parón temporal hasta que se arregló la avería, no tuvimos la sensación que les hiciera demasiada mella a los 6 componentes de la banda.

Con versos de Héctor Catrillejo y el guiño a Antonio Gasset se fundían las diferentes fases del show que llegaban a una parte final y, tras varios cambios de atuendo de Pucho, con Si te Quiebras, Cuarteles de Invierno y Los Días Raros. Después de dos hora y media de actuación, 26 temas y un apagón sonoro, Vetusta Morla cerraba la noche donde volvió a ser profeta en su tierra.

No hay una forma única, no hay una forma buena, hay muchas formas y todas válidas para hacer un concierto. Alguna más sencillas, algunas más complejas y algunas pocas que van más allá. La de Vetusta el viernes fue la de la coherencia entre el disco y la puesta en escena. Algo inclasificable para un grupo inclasificable y sin etiquetas. No son mi grupo de cabecera ni mi hilo musical vital pero los madrileños están por encima de cualquier banda ahora mismo. Seguramente a ellos les dé completamente igual ser un referente porque ellos no compiten con nadie, ni por llenar recintos, sinceramente ellos cantan y cuentan su mensaje al que lo quiera. Ese, concretamente ese es el éxito de Vetusta, la no impostura.

Autor: Víctor López
Lugar: Madrid
26 de junio de 2022